Las mujeres, quién lo duda, pueden ser tan letales como un hombre; pero durante décadas, en la tradición cinematográfica, su papel se limitó al de damisela en apuros u objeto de deseo motivador para el héroe masculino, en concordancia con los modelos que la propia sociedad promovía y demandaba. Curiosamente, los personajes femeninos que más reconocimiento y simpatía generaban entre el público eran los de carácter fuerte, como la Scarlett O'Hara de 'Lo que el viento se llevó' (1939), quien llegaba incluso a matar a un desertor (en defensa propia, eso sí). Sin embargo, pese a la escalada de violencia visual en los años 70 y 80, y al margen de casos aislados del cine de terror como 'Carrie' (1976), los papeles protagónicos de mujeres asesinas no harían su aparición hasta los 90, con 'Nikita, dura de matar' (1990). Su éxito abrió las puertas a otras mujeres despiadadas: primero, simplemente psicopáticas, al estilo de Sharon Stone en 'Instinto básico' (1992) o Juliette Lewis en 'Asesinos natos' (1994); y a partir del siglo XXI, como profesionales máquinas de matar.